miércoles, 16 de septiembre de 2015

24. La pasta de dientes que colmó el vaso

Este verano ha pasado como pasan la mayoría de las cosas en la vida: jodiendo y sin preguntar. Como supongo que recordaréis, me quedé en paro hace unos meses, lo que no os conté es que cuando ya había llegado el momento de dejar mi apartamento y hacer esa llamada de regreso a mis padres, Lucas me pidió que me fuese a vivir con él. Obviamente, al principio me hice la remolona para no parecer una desesperada, pero en mi cabeza no existía ni la más mínima idea de rechazarle. Total que mi gato y yo acabamos en su piso.

Todo iba sobre ruedas. Él trabajaba y yo me encargaba de las tareas del hogar. ¿Es lo justo no? Él paga el establo y yo limpio las cuadras. Y no penséis que lo digo con retintín, la verdad es que, aunque la limpieza nunca había sido mi fuerte, ahora incluso parecía que me divertía. Trapo, escoba, música y acción. Me había convertido en la perfecta ama de casa. Todo estaba bien, pero tarde o temprano siempre flotan nuestras carencias. Si algo he aprendido en todo este tiempo, es que lo que más pesa es el vacío. Un padre llevaría gustoso a su hijo hambriento una cesta con ocho kilos de alimentos, pero le pesaría en el alma que esa cesta estuviese vacía. Algo así es lo que me ha acabado pasando a mí con el trabajo. Al final ese vacío interior, esa inactividad, ha pesado más que cualquier cosa y mis ánimos han ido cambiando periódicamente.

Acabé con los niveles de irascibilidad por las nubes. Una cosa llevó a la otra y un buen día llegó la pasta de dientes que colmó el vaso. Me dijo que estaba loca, que cómo era posible que tuviera mi casa siempre tan desordenada y que no soportase que él apretara el tubo de la pasta de dientes justo por la mitad ¿Pero qué tendrá que ver una cosa con la otra? ¿Por qué mezclará churras con merinas? Que el ser humano apriete el dentífrico por todo el medio del tubo como si no pudiera resistirse me parece algo tan primario y decadente que no puedo soportarlo. Es como si la pasta de dientes ganase la batalla, como si su asquerosa inteligencia humana no pudiese aguantar la tentación de estrujar la parte más gordita y blandita del envase. Somos la única maldita especie incapaz de no explotar el plástico de burbujas. Eso dice mucho de nosotros.

Y dice que yo siempre he vivido en el desorden, como si eso no fuera loable. Pues él no puede vivir en el desorden, teme al caos, yo no. Y creo que es muy digna la capacidad de vivir en el descontrol. Y cuanto más pienso estas cosas, más me doy cuenta de que necesito un trabajo ya para dejar de pensarlas. De momento yo estoy durmiendo en una habitación y Lucas en otra. Tengo que ocupar mi mente. Trapo, escoba, música y acción.



1 comentario:

  1. Septiembre siempre es un mes catastrófico, no sé como se las arregla.
    Espero que octubre lo arregle, porque ya le vale.

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