martes, 16 de junio de 2015

23. Estar parado

Lo peor de estar parado es que el mundo no se para. De repente te conviertes en un desocupado que ya no tiene nada relevante que hacer en todo el día; porque, claro, tu alarma ya no suena a primera hora de la mañana ni corres de un lado a otro para no llegar tarde a no sé qué sitio. Así que dejas de parecer importante. Por no hablar del vocabulario que a partir de ahora dejarás de utilizar y que, en su momento, te hacía una persona de lo más ocupada. Son frases como: "estoy reunido", "tengo que acabar unas cosas con urgencia", "estoy terminando un proyecto" u "hoy no saldré hasta tarde". Todas ellas hacían mención a lo útil, importante e imprescindible que eras en el mundo laboral, pero ya no.

Ahora te sientes inútil e insignificante. Tu autoestima está por lo suelos. Crees que no vales para nada. No encuentras tu lugar y no sabes qué hacer con tu vida. Entre tanto, el mundo no se para: la gente sigue corriendo a sus trabajos y diciéndote que no va a hacer planes porque está muy cansada después de todo el día. A ti te encantaría poder decir eso, pero formar parte de los cuatro millones de parados que alberga tu país es algo que te lo imposibilita.

Lo peor es lo que he dado en llamar el "cansancio hogareño". Es ese que te da de estar en tu casa. Te pasas el día encerrado y estás profundamente decaído, débil, como si te hubieses pasado la jornada picando piedras. Aunque muchas personas no lo entienden, yo he llegado a entenderlo. Y es que, sostener sobre tus hombros todo el peso de una casa que se desploma durante veinticuatro horas día tras día, no está pagado. Creo que nadie comprende de verdad la expresión de que la casa se te cae encima hasta que no se encuentra sin trabajo.

El otro día en la parada del bus un niño leía un cartel de propaganda política que decía que había que salvar a todos los parados. El pequeño, que era muy pequeño, preguntó a su madre qué era un parado. La madre, mujer trabajadora de pocas palabras, le contestó que era alguien que no iba a trabajar todas las mañanas como iba ella. Qué curiosa la manera en la que lo reducimos todo. Es como cuando decimos la palabra 'crisis'. La hemos dicho tanto que ya la hemos desgastado. Ha perdido prácticamente el sentido. Crisis. Crisis. Crisis. Pero, ¿qué es la crisis? Es un vocablo de tan solo dos fonemas que alberga una brecha insalvable entre las clases sociales. Es un término de apenas dos sílabas que contiene suicidios, familias perdiendo sus casas, niños pasando hambre y cientos de miles de personas pidiendo y durmiendo en las calles. ¿Cómo puede caber tanta desgracia en una expresión tan minúscula?  Decir 'crisis' es despersonalizar los problemas individuales. La crisis es un conjunto de personas con serias dificultades para sobrevivir y eso es lo principal.

Lo mismo ocurre con los parados. No, buena mujer, estar parado no es solo no tener trabajo. Estar parado es no tener motivación, es no tener por qué, es sentimientos de inutilidad, de fracaso, de estancamiento, de impotencia, de desesperanza. Es sentirse anclado en un puerto del que ya zarparon todos los barcos.



2 comentarios:

  1. Yo a veces también me siento inútil e insignificante en el trabajo. Es decir, por mucho que yo haga, ¿para qué vale? ¿realmente eres importante o imprescindible en el mundo laboral? O una pieza intercambiable, una pequeña ruedecilla en un engranaje descomunal y redundante.

    En cuanto al cansancio hogareño, ahí estoy completamente de acuerdo, también lo he vivido.

    ¡Mucho ánimo!

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  2. Muchas gracias, Ehse. Desgraciadamente, somos pequeñas piezas, nada más.

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