lunes, 6 de abril de 2015

9. Los gritos en el desierto

Cuarenta y ocho horas y el teléfono ni ha sonado ni parece tener intención de hacerlo. Marta me envía un mensaje y me dice que me relaje, que solo han pasado dos días. Encima es que la tía lo dice como si fueran “dos míseros días”. Claro, ella dice “dos días” y parece poquísimo, pero son cuarenta y ocho horas con todos sus minutos y segundos… y algunos pasan con una lentitud increíble. Qué ironía, ¿no?, con lo corta que es la vida, lo largo que se puede hacer un solo minuto.

La verdad es que me da rabia que Marta hable de los días como si un día o dos no fueran nada. Todo día, aunque cualquiera, es único. Un día nos parece cualquiera porque se nos antoja que todos los días son iguales, con las mismas horas y rutinas; pero, cada día es único, pues no habrá otro como ese, el tiempo no se recupera. Nadie va a devolverme estas horas junto a este estúpido teléfono silente. Este momento es irrecuperable y lo estoy dejando escapar.

¿Y ahora qué hago? Sé que estoy perdiendo mi día pero no puedo evitarlo. Así somos los humanos, a pesar de que sabemos un puñado de cosas no hacemos ni puto caso. Nunca llegamos a ninguna parte. Estoy perdiendo mi tiempo, que probablemente sea lo más valioso que tengo, y no muevo un dedo para evitarlo. Mi mirada está fija en el teléfono. 

¡Jolín! El muy cerdo estaba igual de guapo que siempre. Con esa mirada intensa, esa sonrisa juguetona y esos brazos que parecen estar hechos para abrazar mujeres… Me pregunto cómo me habrá visto él a mí después de todos estos años. Quizá nunca me llame y solo lo dijo por terminar el repentino encuentro de una manera cordial…

¡Uf! Tengo que dejar de darle vueltas a la cabeza. Voy a buscar gatos por internet que aún no me he puesto a buscar. Bueno, mejor me pongo música y limpio esta pocilga que así estaré bastante más entretenida…

Lucas, no me llamas. Te odio. Como dice esta canción, “estas botas están hechas para caminar, y eso es simplemente lo que harán, uno de estos días, estas botas van a caminar sobre ti…”


Y mientras yo cantaba enérgicamente, y a todo volumen, cómo iba a caminar sobre su cabeza, el teléfono sonó y sonó como quien grita en el desierto.

2 comentarios:

  1. Hola, acabos de llegar a tu blog.
    La verdad que nos gusta mucho las historias.
    Te seguimos, esperamos que vayas al nuestro.
    Un beso y te deseamos mucha suerte.

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  2. Hola, muchísimas gracias.
    Por supuesto que pasaré por vuestro blog.
    ¡Un saludo!

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