jueves, 16 de abril de 2015

16. No decía palabras

Después de dar vueltas, vueltas y más vueltas, creo que al final decidí ponerme un vestido. Y digo creo porque cuando Lucas llamó al timbre todavía no estaba cien por cien segura de querer bajar así; pero ya era demasiado tarde y mi ropa estaba ya demasiado desorganizada como para ponerme a buscar otra vestimenta. Así que bajé con el típico vestido que pide a gritos “enamórate de mí”. Al menos, boquiabierto se quedó.

- Vaya, ¿te has arreglado mucho para la ocasión, no?

Porque Lucas no es de esos tíos que te dicen que vas guapa, sino que es de esos que te hacen saber que saben que te has tirado horas arreglándote para ellos. Es un creído. Y yo una orgullosa.

- Verás, es que he quedado después para tomar una copa con un amigo. ¿No te importa, verdad? Me llamó justo después de hablar contigo y me daba apuro darte plantón. No es mi estilo, ya lo sabes. –dije haciéndome la digna.

- Ningún problema. Cuando tengas que irte te dejaré donde me pidas. –contestó mientras me abría la puerta del coche.

¿Por qué narices me habré inventado esa bola? ¡Qué estúpida soy! Si tenía alguna oportunidad de pasar la noche con él, ya la he perdido. ¡Uf! La culpa es de él, que es un capullo. No puedo dejar que me vea débil. He hecho bien. He hecho bien. Así se picará y querrá verme otro día.

Al fin llegamos a mi sorpresa. Era un restaurante japonés. La verdad es que me gusta bastante la comida japonesa y él lo sabía. El caso es que no era un restaurante de sushi cualquiera, sino que era el más famoso de la ciudad. Es un sitio de esos que miras con deseo al pasar preguntándote cómo será la gente que lo frecuenta, hasta que un día tú eres uno de ellos. La verdad es que era un lugar de lo más romántico. Tiene dos zonas, una interior y otra exterior. En la exterior las mesas están en un super jardín escondidas entre setos y árboles, lo que te da una intimidad tremenda. Una de esas mesas fue la que reservó Lucas.

- Te hubiera llamado antes, pero quería esta mesa y solo la tenían disponible hoy. –me dijo nada más sentarnos.

A mí se me derritió el corazón. Notaba cómo se me deshacía y se deslizaba por todo mi cuerpo. Joder. Yo esperando estos días que me llamara pensando lo peor y resulta que quería traerme al lugar más precioso del mundo. Nora, no, no y no. Podía haberte llamado aunque fuera para charlar un poco o al menos decirte sus intenciones de verte, pero no lo hizo. No te ablandes Nora.

- Sé que podría haberte llamado antes aunque fuera para hablar un rato, pero no hubieras pillado esta cita con tantas ganas, ¿verdad? –añadió.

¿En serio me ha leído el pensamiento? Lo que os decía, es demasiado listo, se las sabe todas. Seguro que piensa que estoy alucinando con este magnífico lugar que me incita a decirle “haz conmigo lo que quieras” y ahora mismo su ego está por los cielos, pero yo voy a encargarme de bajarle esos humos.

- Pues no es para tanto. He estado…

- ¿Qué demonios te has hecho en el brazo? –me interrumpió señalándome el cardenal.

Me cago en la leche. Tengo que pensar algo rápido. No puedo decirle que me lo hice porque soy una histérica y pensaba que me iba a comer una cucaracha.

- ¿Este moratón? Pues… verás… yo estaba… patinando y… se cruzó un perro… y me di contra una farola.

- ¿Patinando? Odias los patines. Te dan un miedo terrible.

- Me daban, ya no. Te has perdido muchas cosas de mi vida tesoro… ¿O qué? ¿Crees que me lo he hecho huyendo de una cucaracha o qué?

- Lo veo bastante más probable. –contestó con su típica sonrisilla.

Negra. Me pone negra. Y también cachonda. Será capullo. Como siga en este plan de tío hiper seductor voy a acabar desnudándome encima de la mesa o clavándole un palillo chino en el ojo. Por algún sitio tengo que desahogarme.

Al final de la cena me preguntó dónde había quedado con mi amigo para acercarme con el coche. Jo, no podía decirle que me llevase cerca de mi casa porque se iba a notar un huevo la mentira. Si yo lo que quería era estar con él toda la noche y, si me aprietas, toda la vida… ¿para qué me habría hecho la digna? Pero ya no podía quedar tan mal, así que le pedí que me llevara un pub donde había quedado supuestamente con el otro chico.

- Bueno, espero que lo pases bien con él. –me dijo con una sonrisa en los labios que me atravesó la garganta.

- Seguro que sí, no te preocupes tanto por mí. –le respondí y cerré la puerta.

Ver su coche doblar la esquina y desaparecer fue la imagen más triste y desoladora que había visto en mucho tiempo. La intensa sensación de vacío y abandono que sentí era indescriptible. Tenía ganas de gritar, de gritarle que volviera, de decirle que estaba loca por él y que no se volviera a ir nunca más… pero ya estaba hecho.

Encendí un cigarrillo y comencé a caminar en dirección a la parada de taxi. Encima la broma me iba a costar lo menos diez pavos. Joder. Vaya tela. Nada más cruzar la calle me pita un coche.

- Estas horas son malísimas para ver desparecer al amor de tu vida, ¿no crees? Los cables se te cruzan, te pasas con el alcohol y acabas en la cama suplicando el cariño de cualquier desconocido.
Era Lucas. En ese momento tenía miles de sentimientos diferentes: sorpresa, alegría, humillación, ganas de matarlo por la razón que tenía, ganas de tirármelo por lo sexy que me resultaba en el fondo eso…

- ¿Vas a subir o no? Sé que no has quedado con nadie. Mira, si no quieres que hagamos nada te llevaré a casa y punto. No tires el dinero en un taxi. Déjame llevarte.

- Sí había quedado, lo que ocurre es que se ha puesto enfermo. Acababa de llamarme. –dije lo más dignamente posible mientras subía al coche.

- Me gustas. –dijo nada más cerrar yo la puerta y comenzó a conducir– Siempre me has gustado. Lo que hice hace seis años fue una estupidez, éramos unos críos aún… Pero desde que te vi en el supermercado no he dejado de pensar en acostarme contigo. Lo pienso a todas horas. Y sé que tú también. Noto cómo tiemblas cuando me acerco. He sabido toda la noche que lo de tu amigo era mentira. Sé perfectamente cuándo mientes, Nora. Lo nuestro fue muy intenso, ¿te acuerdas?

Yo no podía ni hablar. Estaba de los nervios. Menos mal que me estaba diciendo todo eso mientras conducía, porque si me lo dice frente a frente mirándome a la cara, que es muy capaz, os juro que me desmayo.

- Voy dirección a mi casa. –añadió– Si no quieres venir, solo tienes que decirme que no antes de que lleguemos y te dejaré en la tuya. ¿Tienes algo que decir?

Y no dije palabras, porque el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe*.

En su coche sonaba "Try a little tenderness". En la música es muy como yo.


*Referencia al poema de Luis Cernuda, “No decía palabras”.

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