miércoles, 8 de abril de 2015

10. Los pormenores de comer una hamburguesa

Cuando vi las perdidas en el móvil sabía que era él. No tenía su número, pero a mí solo me llaman los comerciales, así que tenía que ser él. Le devolví la llamada y quedamos al día siguiente para cenar.

- ¿Dónde te apetece ir a cenar? –me preguntó nada más verme.

- Un burguer estará bien… ¿no?

- Voy a invitarte yo –me contestó sonriéndose y mirándome como si yo hubiera dicho esa opción porque no tenía suficiente pasta para cenar en otro lugar. Ciertamente, era verdad; pero me molestó.

- ¿Trabajabas ahora como comercial, no? ¿Tantas veces te abre la puerta la gente? –añadí en un tono sarcástico.

Él volvió a sonreír y dijo que iríamos a un burguer porque con esto de ser adulto, la elegancia y esas cosas, hacía mil años que no comía una buena hamburguesa. A mí me pareció estupendo. Al menos hasta que caí en los pormenores de comer una hamburguesa: el kétchup, la mostaza y todo tipo de mejunjes que componen ese suculento manjar siempre acaban deslizándose descaradamente por barbilla, dedos, manos, y a mí, algunas veces, hasta me han llegado al codo. Puro erotismo, vaya. En ese momento pasan dos cosas: o el otro está loco y se enamora de ti locamente, o el posible amor se desliza cual salsa de hamburguesa hasta que desaparece.

Cuando vas camino de los treinta, vives sola en un minipiso y llevas años soltera, comer una hamburguesa delante del tío que te gusta es un deporte de riesgo. En estas circunstancias no te la juegas.

- Yo tomaré una ensalada César, por favor –dije al camarero mientras le entregaba la carta.

- ¿No querías ir a un burguer? –me preguntó con esa sonrisilla suya de “sé que te gusto y te pongo nerviosa”.

- En este burguer hacen las mejores ensaladas César de toda la ciudad, la salsa tiene un ingrediente secreto que nadie sabe y que le da un sabor…

- ¿Secreto que nadie sabe? –me repitió riendo esta vez a carcajadas. Se me notaba un huevo que estaba nerviosa.

- Bueno, entonces dices que perdiste tu trabajo, te acabas de divorciar… ¡jo! ¡qué pena! –dije con hipocresía– ¿Cómo ha sido todo?

- Jajaja, peleas duro. Han pasado seis años, ¿no vas a perdonarme?

Le hice una mueca de estas de “¿pero qué dices?” y me quedé totalmente en silencio, que eso desconcierta muchísimo. Él solito prosiguió:

- Sí, me casé con Blanca, me casé con la chica por la que te dejé, si es lo que quieres saber. No quería casarme, de hecho, iba a dejarla… pero se quedó embarazada. La presión de su familia, amigos, de lo que todo el mundo esperaba de mí hizo que en dos meses la boda estuviera organizada y nos estuviésemos dando el “sí quiero” –se detuvo para beber, suspiró y continuó hablando en un tono mucho más triste– Blanca a los cinco meses de embarazo sufrió un aborto natural. Yo me quedé a su lado pese a que la criatura era ya lo único que nos unía, pero ella se dio cuenta y eran todos los días gritos y peleas en las que me reprochaba que no la quería y todo eso… Al final nos divorciamos de mutuo acuerdo.

Yo no sabía qué decir. Había odiado a Blanca durante años por quitarme a Lucas, pero jamás le hubiera deseado esto.

- Lo siento Lucas, lo siento por Blanca, lo siento muchísimo que haya pasado todo eso –conseguí articular.

- No te preocupes. ¿Te acuerdas de Raúl y lo loco que estaba por ella? Pues ahora están juntos. Lo que es la vida. Y yo tengo una buena noticia: he encontrado un trabajo de lo mío y dejo lo de comercial. Tuve ayer la entrevista y hoy mismo me han llamado.

- ¿Al final terminaste Administración de Empresas?

- Sí. Iba a cambiarme, como te dije en su momento, pero al final me quedé… No podía tirar tantos años de estudio por la borda. La verdad que, aunque era la carrera que mis padres querían, al final me ha terminado gustando. La filosofía no me hubiera dado muchas salidas profesionales realmente…

Así que ya nos pasamos toda la cena hablando de trivialidades y comentando qué había sido de otros viejos amigos. Al terminar me llevó a casa porque ambos debíamos madrugar al día siguiente. Cuando ya estaba entrando en el portal me cogió por el brazo, me miró fijamente a los ojos y me dijo:

- Lo siento Nora. Sé que lo hice mal contigo. Lo siento de verdad.

Yo temblaba de los nervios de tenerlo tan cerca, de que me tuviera cogida por el brazo, de que me aguantara la mirada de esa manera.

- Espero verte otro día –añadió.

Y se marchó. Así, sin beso, sin polvo, sin más. Porque, desde luego, él es un experto en dejar las cosas así, todo hecho un berenjenal.

Seguro que si hubiese tenido encendida mi lista de los 60 hubiera sonado "wait, wait a minute Mr. Postman, wait, wait... please, please, Mr. Postman..."


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